La serie de la semana: Cobra Kai

La serie de la semana: Cobra Kai

La serie de la semana: Cobra Kai

4 septiembre, 2020 Categoría: Cine-Cultura Autor: 

Como cantaba El Reno Renardo, «yo crecí en los 80 y sobreviví haciendo la grulla de Karate Kid». La película de 1984 es tan mítica que forma parte de la cultura popular más elemental. Está presente en el cine, en los dojos de todo el mundo, en nuestras casas (¿quién no ha jugado a limpiar los cristales con eso de “dar cera, pulir cera”?) y hasta en las series. De hecho, fue en el plató de una de ellas, Cómo conocí a vuestra madre, donde se fraguaron los cimientos de Cobra Kai.

Netflix ha repescado del catálogo de YouTube Premium esta fantástica serie que nos cuenta qué fue de los personajes de la primera película de Karate Kid 34 años después. Y es un viaje alucinante, especialmente para todos aquellos que crecieron haciendo la patada de la grulla.

Golpea primero

A estas alturas de la vida hay que tener mucho valor para plantearse contar una historia de dos hombres blancos de mediana edad sin apenas presencia femenina. Sin embargo, el producto funciona a base de momentos irreverentes, rock ochentero, nostalgia y muchos puñetazos.

Eso sí, la trama se pasa las artes marciales por el mismo sitio que se las pasaba el título original, y solo se acuerda del espíritu oriental en las referencias al señor Miyagi (tomémonos un momento para recordar que Pat Morita no tenía ni idea de artes marciales). Así que ver esta serie junto a un karateka de verdad puede llegar a ser un auténtico martirio. Y es que todo parecido con el kárate es mera coincidencia.

Golpea duro

Cobra Kai nos cuenta la historia de Karate Kid desde el punto de vista del supuesto villano. Pero, como ya nos adelantó Barney Stinson, Johnny Lawrence no era tan malo como nos lo habían pintado, y tal vez, el verdadero abusón era Daniel LaRusso. ¿Pero qué ha sido de ellos tras descubrir que las promesas de triunfo no eran más que una mentira?

A sus 52 años, Johnny se gana la vida haciendo chapucillas a domicilio, vive con una botella pegada a la mano, no sabe lo que es una red social, su hijo le odia y es el adalid de una virilidad desfasada. El típico perdedor de la sociedad americana. Por otro lado, su viejo rival goza de una próspera situación económica, vive en una casa con todos los lujos y tiene una familia modelo, pero en cuanto se rasca un poco la pintura de su coraza es innegable que su estado emocional tampoco es para echar cohetes.

Cuando Johnny cree que ya no tiene nada más que perder, después de defender a un vecino ecuatoriano (pese a su flamante racismo, no le falta de nada) y darle una paliza a unos chavales rememorando sus viejos días de gloria karateka, decide reabrir el dojo Cobra Kai. Pero, en un inesperado giro de los acontecimientos, sus alumnos serán una panda de frikis con ansias de vengarse de los abusones. El problema es que sus métodos de entrenamiento serán más que cuestionables.

Tal vez la serie surgió como una broma, o como el mero intento de Ralph Macchio y William Zabka para pagar las facturas. Pero el producto funciona (casi) a la perfección y nos hace replantearnos una y otra vez nuestras alianzas, así como la clásica dinámica entre ganadores y perdedores tan típica (y tramposa) de los institutos americanos.

Sin piedad

La serie ironiza con los tópicos del cine ochentero mientras busca el efectismo nostálgico y las gracietas irreverentes, ofreciéndonos un producto exquisito con el que hace unos años tan solo podíamos soñar. Y lo mejor de todo es que no trata con condescendencia al espectador en ningún momento.

Además, la trama juega a la perfección con las dinámicas entre los personajes y su evolución. De hecho, en más de una ocasión nos sorprenderemos sintiendo una simpatías o antipatías inesperadas a medida que vamos descubriendo los claroscuros de los protagonistas. Cuando crees que ya te has congraciado con uno, ¡zasca! La lía otra vez y de vuelta a la casilla de salida.

En este sentido, resultan especialmente clamorosos los controvertidos métodos de enseñanza de Johnny. Si bien sus intenciones son buenas, es evidente que se masca la tragedia desde que pinta en la pared eso de “sin piedad” (algo que poco o nada tiene que que ver con los valores tradicionales del kárate).

Cobra Kai no es un producto precisamente sesudo y no va a pasar a la historia por su profundidad. Pero nos ofrece un entretenimiento ligero, interesante y, sobre todo, tremendamente divertido. Y, además, nos hace volver a soñar con los viejos tiempos y la legendaria patada de la grulla.

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